EL PROFESOR WILFREDO PEREZ RUIZ, HA TENIDO LA DEFERENCIA DE APORTAR ESTOS ARTÍCULOS INTERESANTES QUE PODEMOS UTILIZAR CON NUESTROS ALUMNOS; DE MODO QUE PODAMOS SEGUIR ENCAMINÁNDOLOS EN LOS VALORES.
LOS INVITAMOS A PODER APORTAR A NUESTRO BLOG CON SUS IDEAS, ARTÍCULOS, VIDEOS, ETC . POR LO PRONTO
¡¡¡ GRACIAS PROFE WILFREDO!!!
Wilfredo Pérez Ruiz realizó estudios de Administración de Empresas en el Instituto Peruano de Administración de Empresas (IPAE) y una especialización en Ciencias Políticas en la Universidad Inca Garcilaso de la Vega. Ha seguido capacitaciones en Relaciones Públicas, Comunicación Corporativa e Imagen Institucional en la Universidad San Martín de Porres, la Pontificia Universidad Católica del Perú y el Instituto Frieda Holler. Incursionó en la actividad periodística en la página editorial del diario “Hoy” (1985). Ha trabajado siempre temas relacionados con la conservación de los recursos naturales en revistas nacionales y extranjeras.
El
negocio de la ética institucional
Por: Wilfredo Pérez Ruiz (*)
Diversas
razones permiten afirmar que la ética, aplicada al quehacer de la entidad
pública o privada, constituye un importante instrumento para el devenir empresarial.
Adquiere directa implicancia en el bienestar de sus colaboradores, en el
comportamiento organizacional y en mayores márgenes de ganancias. Es pertinente
comprender su valía en las nuevas inversiones, en la fidelidad del comprador, en
el diseño del clima laboral y en el aumento de la presencia en el mercado.
Sin
ambigüedades es una herramienta capaz de garantizar la marcha de la empresa. Es
decir, concurren sinnúmero de motivaciones para inspirar una conducción
sustentada en valores. Algunas de esas razones pueden ser: Corrupción,
especulación financiera, venta de productos malogrados o por caducar su tiempo
de vida, desastres medioambientales, ausencia de claridad en adquisiciones y
licitaciones, tráfico de información reservada, etc.
Un
factor central es la presencia, en los altos mandos de la organización, de una
convicción sincera para emplear la ética. El liderazgo y empeño de sus
funcionarios facilitará la adopción de esta iniciativa como propia. Se
recomienda “predicar con el ejemplo” y, además, debe manejarse transversalmente
a fin de asegurar su implementación en todas las áreas. Su conducta debiera
evidenciar la vigencia de los valores corporativos (solidaridad, diálogo,
honestidad, puntualidad, lealtad) en el día a día de la compañía.
Se
sugiere que los ejecutivos constituyan referentes e impulsen estos valores en
sus colaboradores. Por el contrario, si olvidan sus compromisos pueden inducir
actos ajenos al marco ético empresarial. Coexisten entidades en las que se
establecen diferenciaciones. La “misión” destaca la igualdad y, por el
contrario, no todos pueden utilizar los mismos servicios higiénicos,
ascensores, escaleras, estacionamientos, comedores y obtener similares
subvenciones con el afán de acceder a programas de capacitación e incentivos.
La
ética posee varias ventajas para las empresas. La aplicación de criterios
éticos aumenta la motivación del personal cuando aprecian respeto por los
valores; genera una fuerte cohesión cultural -que la diferencia de la competencia-
a partir de los desempeños de las personas de la organización; mejora la imagen
sustentada en la reputación que ofrece cumplir promesas, reducir quejas, evitar
acciones legales y gozar de respeto y confianza; rehúye casos de corrupción
gracias a la implementación de estrategias tendientes a obviar posibles
conflictos.
En
tal sentido, tiene una visible dimensión en los ámbitos interno y externo. En
el primero, se debe poner especial énfasis a la demanda ética de los empleados,
que exigen valores que eviten malas prácticas en la administración de los
recursos humanos. De esta manera, se impedirá la discriminación, el acoso
moral, la falta de retribución justa y una carencia de confidencialidad.
En
el segundo, la compañía enfrenta disyuntivas relacionadas con los productos,
proveedores, accionistas, opinión pública, clientes, autoridades, etc. Así se
prescindirá de la ausencia de nitidez informativa, publicidad engañosa,
impactos medioambientales, corrupción y deficiente calidad de los productos.
La
ausencia de ética conlleva serias consecuencias. Por ejemplo, nuevos procesos
judiciales, prohibición de participar en contrataciones, retirar mercadería por
deficiencia en su elaboración, limpiar derrames petroleros e industriales,
reclamaciones de acoso de los empleados e inclusión en listas “negras”
internacionales. Todo esto influirá en la aceptación de la empresa en sus
audiencias.
La
corporación debe encaminar su desenvolvimiento interno y externo en un definido
número de principios. Se requiere coherencia entre sus valores y los perfiles
de sus integrantes. En ocasiones es omitida esta evaluación a partir de
considerar solo aspectos cognitivos y labores y, por consiguiente, restarle
connotación a la composición integral del individuo que desea incorporarse en
una empresa con estándares éticos.
Por
su parte, el aparato estatal cuenta con disposiciones puntuales que obligan a
acatar determinados conceptos éticos. Es indudable la falta de una real
voluntad para plasmar este conjunto de normas que, desde la perspectiva de los
intereses partidarios, son incómodas cuando subsisten habituales
intencionalidades sórdidas en todos los gobernantes de turno con la ambición de
convertir el estado en su “caja chica”. Concretan latrocinios, negociados,
nombramientos irregulares, cuestionados procesos de compras y, en el más
benévolo de los casos, brindan un puesto de trabajo a sus desempleados
operadores políticos, entre otras tantas anomalías.
Prevalecen
reticencias en las instituciones públicas –a partir del control ejercido por
los partidos en el gobierno- sobre la obligación de incorporar la
transparencia, el acceso a la información, la neutralidad política, la postura
honesta, la presentación de declaraciones juradas
patrimoniales, la igualdad de trato, el uso adecuado de los bienes e
información y evitar el nepotismo. Pues, estas medidas interfieren con las
innegables intenciones de las agrupaciones políticas en el poder.
Eso
me trae a la memoria el aviso que colocamos en la puerta del Parque de Las
Leyendas el 2006: “Esta es una
institución al servicio de la comunidad, aquí se vive la ética y se práctica la
meritocracia y no aceptamos tarjetazos”. Este gesto y otras decisiones
demostraron la autonomía y decencia de una gestión intensa en el propósito de reconciliar
la ética con la función estatal. Esta complicada e incomprendida tarea demandó
enfrentar complejidades, miedos, silencios interesados, actitudes soterradas y
el proceder titubeante de un sistema que lleva la “marca Perú”.
Este inusual estilo generó inconvenientes en un
medio en el que sujetos de trayectoria impropia ven una cantera de oscuras oportunidades
destinada a compensar sus frustraciones, mediocridades y ausencias de
realizaciones profesionales. Fue difícil lograr que el servidor público actúe
con lealtad ciudadana y se sienta obligado a eludir valerse de su posición para
conceder favoritismos, como sucede ante la mirada conformista, sumisa y
cómplice de muchos.
La satisfacción de integrar la ética justifica las adversidades
afrontadas en una colectividad lacerada por una profunda crisis moral que
repercute en la esfera corporativa y tiene hondas secuelas en nuestra
convivencia social. La acción honorable será siempre un estímulo inapreciable
en el progreso de la persona y la sociedad.
(*) Docente, consultor
en organización de eventos, protocolo, imagen profesional y etiqueta social y
ex presidente del Patronato del Parque de Las Leyendas – Felipe Benavides
Barreda. http://wperezruiz.blogspot.com/
La
mediocridad: ¿Desgracia peruana?
Por:
Wilfredo Pérez Ruiz (*)
Acabo
de encontrar una oportuna frase del recordado novelista, ensayista y pintor
argentino Ernesto Sábato (1911 – 2011) como prólogo a esta nota: “Ser original
es en cierto modo estar poniendo de manifiesto la mediocridad de los demás”. Sin
duda, la mediocridad es un “cáncer” extendido en individuos carentes de visión
y expectativas de crecimiento y desarrollo.
El
empleo habitual de este concepto está referido a alguien de baja calidad en su
desempeño y niveles de realización. Se asocia con quien no alcanza cierto
estándar de perfección y eficiencia. Es un calificativo severo y, por cierto, cuyos
orígenes y manifestaciones compartiré con usted.
Para
empezar deseo comentar lo señalado por el intelectual, sociólogo y político italo-argentino
José Ingenieros (1877 – 1925). Un personaje extraordinario e influyente en las
generaciones latinoamericanas -que gestó la histórica Reforma Universitaria de
Córdova (Argentina, 1918)- en la que se formaron personajes notables de esta región
como Hipólito Irigoyen, Rómulo Betancourt, Salvador Allende, Pablo Neruda,
Miguel Ángel Asturias y Víctor Raúl Haya de la Torre, entre otros. Además, fue representante
del pensamiento positivista, fundador del socialismo argentino y Maestro de
Juventud (título otorgado por los estudiantes reformistas). Figura referencial
para los jóvenes comprometidos con las heroicas luchas sociales, de principios
del siglo XX, en este lado del continente.
En
su obra “El hombre mediocre”, José Ingenieros trata sobre la naturaleza del
hombre, oponiendo dos tipos de personalidades: el “hombre mediocre” y el “idealista”
y, además, analiza sus características morales y las formas adoptadas en la
sociedad.
Allí
afirma que "no hay hombres iguales". En tal sentido, establece una
división en tres tipos: Hombre inferior,
hombre mediocre y hombre superior. El autor precisa que el
“hombre mediocre” es incapaz de emplear su imaginación para concebir arquetipos
que le propongan un futuro por el cual luchar. Es sumiso a la rutina, los
prejuicios y las domesticidades. Es dócil, carente de personalidad, contrario a
la perfección, no acepta planteamientos distintos a los recibidos por tradición
e intenta opacar toda acción distinguida.
No
obstante, José Ingenieros -quien solía decir: “Es más contagiosa la mediocridad
que el talento”- describe al “hombre idealista” como un ser apto para usar su
imaginación a fin de concebir ideales legitimados por la experiencia y se
propone exhibir patrones de perfección altos, en los cuales pone su fe con el
afán de modificar el pasado en favor del porvenir. Este sujeto, por ser
original y único, contribuye con sus ideas a la evolución social; se perfila
como un ser individualista que rehúye someterse a credos éticos. Es soñador,
entusiasta, culto, diferente, generoso e indisciplinado. No busca el éxito,
sino la gloria, ya que el triunfo es momentáneo.
Sin
temor a equivocarme y, especialmente, recogiendo lo revelado por este lúcido
pensador, percibido en el día a día una cantera de ejemplos de la mediocridad
convertida en una “forma de vida” frecuente, numerosa e intensa. Tal vez falte
tiempo para tratar lo que me inspira una sociedad –como en anteriores artículos
lo he sindicado- de colosales desigualdades, apatías, insolidaridades, desencuentros,
contrastes, convulsiones y cambiante. También, altamente influenciable,
temerosa y manipulable al igual que toda comunidad inculta, tercermundista y
carente de autoestima.
La
mediocridad se muestra en múltiples ámbitos. Se aprecia en los padres de
familia que salen del apuro preparándoles una lonchera deficiente a sus hijos
–y no por razones económicas- sino por real falta de voluntad para documentarse
en asuntos de nutrición; lo vemos en los profesionales que hacen su trabajo a
medias y evitan esforzarse más de lo necesario; se verifica en los alumnos que estudian
para un examen y ni siquiera son capaces de aportar, preguntar e indagar los
temas inherentes a su formación; se respira cuando escuchamos decir “así está
bien, no te esfuerces tanto”; podemos verlo en los que gozan envueltos en lo
monótono e incluso tienen pavor a los nuevos desafíos; se constata en quienes
dicen “nadie me lo reconoce, porque debo producir más” y justifican su proceder
en la ausencia de motivación.
En
lo personal percibo la mediocridad en reuniones familiares o amicales. No
falta algún mediocre –con los que
coexisto- que dice: “No seas tan formal, así nomás ponemos la mesa, total somos
todos de confianza”. Hasta en actividades insignificantes, reitero, se puede
advertir. Cuando oímos aseverar: “No vas a cambiar las cosas, deja todo así”,
“no te metas, evita problemas”, etc. estamos frente a inequívocos mensajes de
arrebato anodino.
Es
una suerte de ADN del nacido en el Perú. Se siente -más que la humedad
capitalina- en los educadores que emplean la supuesta baja remuneración (si son
tan probos y brillantes porque no cambian de centro de labores) para respaldar
su evidente pequeñez en la enseñanza, en sus evaluaciones, ayudas audiovisuales,
materiales, etc. En el reciente “Día del Maestro” (6 de julio), mi cálido homenaje
al profesor que lucha contra un entorno colmado de paraplejias morales y
pensantes. Aflige percibir un sistema educativo infiltrado por cuantiosos
desempleados, limitados y banales seres que distorsionan la pedagogía.
Asimismo,
es doloroso el elevadísimo índice de mediocridad en el sector público. Allí es
común fingir estar “ciegos, sordos y mudos” en función de conveniencias
partidarias u de otra índole. Viví hastiado al observar la mediocridad,
convertida en una “reglamentaria práctica”, cuando presidí el Patronato del
Parque de Las Leyendas – Felipe Benavides Barreda (2006 – 2007) y mis
disposiciones suscitaban rechazo -en los frívolos, pusilánimes, timoratos y
ambivalentes servidores estatales de carrera- por el trabajo que les generaba. Su
ineficiencia y desidia eran suficientes para edificar un monumento. Fui blanco
de múltiples críticas, incluso de quienes consideraba mis amigos, por combatir
y revertir esta situación con determinación.
Nos
incumbe encarar la mediocridad –tan aceptada y apetecible como los dulces
criollos- con audacia, atrevimiento y valor. Sublevémonos y encaremos este mal
lacerante y que, además, intenta apoderarse de nuestra mente y espíritu. Hay
que subvertir el alma y la conciencia ciudadana en el afán de lograr redefinir
la conducta general.
La
pasividad para aceptar y convalidar –con una actitud conformista- lo acontecido
a nuestro alrededor, sin intentar hacer algo para revertir una situación
anómala, refleja una indolencia opuesta a las posibilidades de progresar. En
sinnúmero de ocasiones el peruano está parado en el “balcón” de su existencia
mirando, diagnosticando y asumiendo el confortable papel de criticón. Sin
embargo, se resiste a tomar un rol proactivo e impulsar el cambio que demanda.
Por
otra parte, el filosofo y escritor argentino Alejandro Rozitchner –autor del
libro “Ganas de vivir – La filosofía del entusiasmo”, enuncia: “Mediocre es no
creer en la autenticidad como una posibilidad y un valor, y negar la existencia
de una felicidad a nuestro alcance, que pide pagar los lógicos precios de todo
logro. Mediocre es negar la importancia de la aventura existencial individual,
formulando generalidades sociales a las que se toma como marcos de sentido
siendo en realidad ficciones impersonales”.
Estas
líneas son escritas a la luz del incontenible malestar suscitado por la oriunda
mediocridad. Enfrentarla trae consigo ser calificado de excéntrico, intrépido y
altisonante. Pero, no importa; la vida bien vale este genuino esfuerzo de
esparcir –con el ejemplo coherente y digno- semillas de esperanza e ilusión. Es
un reto frente al que no debemos abdicar.
Bienaventurados
quienes transforman la creatividad, la locura, el entusiasmo, la energía y la
perseverancia, en fuente inagotable de inspiración con el propósito de forjar un
futuro mejor alejados de los obstáculos que bloquean nuestro bienestar. Por
último, recuerde la afirmación del escritor y médico español Pío Baroja y
Nessi: “Emancípese usted de la vida mediocre”.
(*)
Docente, consultor en organización de eventos, protocolo, imagen profesional y
etiqueta social. http://wperezruiz.blogspot.com/
Y usted: ¿Se la lleva fácil?
Por: Wilfredo Pérez Ruiz (*)
Desde
hace algunas semanas está circulando la última y pegajosa composición que
interpreta Julio Andrade -conocido por su voz de lija- que bien podría
entenderse como una suerte de himno al menor esfuerzo. “Se la llevan fácil” es
el título de ese estribillo que ha suscitado polémica en las redes sociales,
olvidando que expresa una conducta vinculada a la imperfección, la falta de
creatividad y perseverancia.
A
través de su tortuosa letra, la canción de nuestro popular “garganta de lata”, refleja
una realidad mucho más cercana de la percibida y rebasa los ámbitos inherentes
a la ausencia de éxito en los cantantes peruanos. A continuación unos pocos
ejemplos de quienes se la “llevan fácil” ante la indiferencia ciudadana.
Los
políticos son mandatarios de un
pueblo inmaduro, poco agudo en sus criterios de elección, manipulable e
influenciado por estados anímicos. Prometen, mienten, usan sus cargos para
servir a intereses sórdidos y oportunistas y, por último, desfiguran la
política en una cómoda manera de mejorar su estatus. Se apoderan de la
conducción de los partidos, creen ser mesiánicos, compran millonarias
propiedades, terminan involucrados en enriquecimientos ilícitos, desbalances
patrimoniales y hacen de su cometido una forma de latrocinio. Poco o nada les
interesa los destinos nacionales y las demandas de los más necesitados. Los
políticos expulsan de su entorno a los ciudadanos honestos deseosos de servir
al bien común.
Los
funcionarios públicos dedicados a
sellas papeles, poner trabas y, además, vegetan inmersos en su rutina diaria,
jurando lealtades efímeras, obstruyendo el fluir de ideas y propuestas. Estos servidores
frívolos, titubeantes, pusilánimes e insensibles utilizan el estado como medio
de subsistencia, para resolver sus apremios económicos, sin realizar mayor
desgaste cerebral. Olvidaba: Saben “respetar” escrupulosamente los
procedimientos establecidos con el afán de justificar su pobre producción
neuronal, su parálisis cognitiva y su hemiplejia moral. Su ineficiencia y
desidia permitiría edificar un monumento en alguna plaza de la capital.
Los alumnos habituados a bajar sus
monografías del internet y obtienen, gracias a sus despistados profesores,
buenas calificaciones por haber “copiado y pegado”, sin realizar el mínimo
esfuerzo pensante para analizar e investigar. Es usual verlos inmersos en las
nuevas tecnologías a fin de reducir los tiempos que demandaría la elaboración
exhaustiva de sus quehaceres. Estudian únicamente para las evaluaciones, acumulan
faltas y se diferencian por su carencia de entusiasmo y entrega.
Los
docentes, esos maravillosos colegas
que llegan tarde a sus jornadas académicas, repiten su inigualable y limitado libreto
en cada ciclo, dejan las mismas tareas, contestan su celular en el aula, son
“mil oficios” (por la variopinta y singular selección de cursos a su cargo), confeccionan
exámenes “descafeinados” para evitar emplear sus valiosos horarios en
evaluarlos, cobran cada quincena y así subsisten durante décadas -convirtiéndose
en inamovibles “vacas sagradas”- gracias a sus influencias. Han transformado la
docencia en una labor opuesta a la innovación, el debate ilustrado y la intelectualidad.
Es muy lamentable apreciar un sistema educativo infiltrado por banales seres
que distorsionan la seriedad de esta noble misión.
Los
profesionales que fingen estar ciegos,
sordos y mudos para subsistir en la empresa y, de esta manera, obvian hacerse
“problemas”. No asumen compromisos, evaden decir lo que piensan, rehúyen exhibir
una posición determinada, se limitan en sus desempeños, puntuales marcan su tarjeta
de salida, rehúsan presentar iniciativas,
temen al cambio y “flota” su mediocridad como una botella en el mar.
Los
piratas intelectuales suelen
reproducir el trabajo de terceros, lo registran a su nombre y obtienen
asesorías empleando inteligencias ajenas. Existen muchos en un país en donde el
plagio es tan común y apetecible como el “ají de gallina” y nadie dice nada. Incluso
es tomado con sorna en diversos momentos. Lo afirmo con la plena autoridad de
haber sido copiado en reiteradas ocasiones en entidades en las que el docente,
al parecer, es un proveedor sin derechos y solo con obligaciones.
El
enunciado “se la llevan fácil” es una nefasta manifestación de la informalidad,
el relajo, la actitud tibia, la conducta criolla, la irresponsabilidad, la
ausencia de identificación con los deberes contraídos, la inexistencia de
sentido de pertenencia con nuestras obligaciones, entre otros males. Lo más
censurable es que esto es observado con absoluta resignación en la sociedad
actual.
Debemos
insistir en la imperiosa exigencia de encarar nuestra realidad –con una mirada
crítica, disconforme y reflexiva- a fin de promover una revolución en la
conciencia y en el alma de una comunidad urgida de confrontar defectos, miedos,
apatías y debilidades y, especialmente, comprometerse a superar la enorme
pobreza ética, cultural y cívica que nos lastima.
En
tal sentido, cada uno de nosotros podemos empezar por imponernos nuevos retos,
metas ambiciosas y ganas de superarnos –no solo en lo económico- en nuestra
percepción personal y comunitaria. Recuerde cuando quiera usted “llevarse
fácil”, las sabias palabras del prestigioso escritor norteamericano Richard
Hugo: “El trabajo endulza la vida; pero no a todos les gustan los dulces”.
(*) Docente, consultor en organización de eventos,
protocolo, imagen y etiqueta social. http://wperezruiz.blogspot.com/


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